El objetivo de este blog es contribuir, modestamente, en la difusión de aquella ideas, reflexiones o aforismos producto del pensamiento de hombres y mujeres de todos los tiempos que con sus aportaciones particualres, grandes o pequeñas, han ayudado a construir nuestra civilización. Esta idea parte de la necesidad de cumplir con la máxima que nos llama a heredar, a transmitir, los conocimientos que en algún momento hemos recibido de otros.
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En el cuerpo de este blog, el lector encontrará el material descrito, que por otra parte está permanentemente en desarrollo; asimismo, a través de las diferentes secciones del blog, se podrá acceder a más de 1,000 documentos y materiales audiovisuales, que diversas personalidades han desarrollado para contribuir al engrandecimiento del espíritu de quien se interese en ellos. Ante la carencia evidente de un verdadero sentido crítico en nuestros países, sería muy positivo atender la observación de Gibrán Khalil Gibrán, cuando señala que "el sentimiento que se debilita se vuelve pensamiento"; en la medida de nuestras posibilidades demos paso al pensamiento.
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Los materiales incluidos en este blog son producto de una recopilación de archivos personales y de otros sitios en la red; si deseas contribuir con materiales generados por los personajes citados, o simplemente deseas hacer un comentario, por favor escribe a: cogitamentum@gmail.com

Taifas

Las campañas de Almanzor (977-1002), “genio político y militar”, consolidaron el dominio de los moros del norte, de Barcelona a Santiago de Compostela, pero marcaron también el fin de tres siglos de expansión y de predominio militar. En 1301 el califato se fragmentó en varios reinos pequeños (llamados taifas, o sea “facciones”), algunos de los cuales, a causa del alto grado de cultura a que llegaron, han sido comparados con las grandes ciudades italianas del renacimiento.[1]

Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 75.

Fuero Juzgo

La región de Tolosa, donde los visigodos estuvieron asentados por más de cien años, era una de las zonas más romanizadas del imperio, de manera que muchos de ellos, al pasar a España, hablarían latín más bien que la vieja lengua en que Úfilas había traducido la Biblia. Esto debe haber atenuado el choque cultural y, más concretamente, el choque lingüístico entre ellos y los hispanorromanos. Como parte del esfuerzo de concordia, los reyes Chindasvinto y Recesvinto emprendieron en la segunda mitad del siglo VII una gran recopilación de leyes en que amalgamaron los usos germánicos con los romanos (En el siglo anterior, entre 528 y 565, el longevo emperador Justiniano había reunido los usos romanos en el vasto Corpus juris civilis, base, hasta hoy, del derecho civil de no pocas naciones.) La recopilación visigótica no se escribió en lengua de godos, sino en latín. Se intitula Forum Júdicum (“Fuero de los Jueces”, normas a las que han de atenerse los jueces); pero en el siglo VII, como se ha visto en el capítulo anterior, la pronunciación del latín no coincidía con su escritura: la gente decía fuoro o fuero en vez de fórum, y en vez de júdicum decía juzgo (pronunciado YUDGO). Por su parte, las palabras “fuero juzgo” nunca tuvieron sentido en español: no son español, sino latín “mal” pronunciado.[1]
Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 67.

Arrianismo


A fines del siglo III, cuando se hallaban en la zona del Danubio y en los Balcanes, los visigodos habían abrazado el cristianismo, y mediados del siglo siguiente su obispo Úlfilas tradujo la Biblia al idioma gótico, (Subsisten algunos fragmentos de esta traducción, que es el documento más antiguo que se conoce en lengua germánica.) pero el cristianismo de los visigodos, como el de gran parte de los pobladores de la parte oriental del imperio, era un cristianismo “arriano”, o sea herético desde el punto de vista de la iglesia romana (Arrio, griego alejandrino, prácticamente negaba la divinidad de Jesucristo; su herejía quedó condenada el año 325 en el concilio de Nicea.).[1]



Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 66.

Bizancio

Los visigodos ocuparon prácticamente toda la península a lo largo de dos siglos, fijaron su capital en Toledo y acabaron por romper todo lazo con Roma. El único intento de “reconquista” no vino de Roma, sumida en la impotencia y en el caos, sino de Bizancio, la segunda capital del imperio romano. En 554 Justiniano mandó tropas y funcionarios bizantinos, que permanecieron en puntos del sur y del Mediterráneo hasta entrado el siglo VII, aunque sin mayores consecuencias políticas.[1]


Antonio Alatorre


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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 52.

Bárbaros

La soberbia capital del imperio romano fue tomada y saqueada el año 410 por Alarico, rey de los visigodos, el cual había ocupado en años anteriores gran parte de los Balcanes y la península itálica. Esta humillación de los romanos no fue sino el remate de una larga época de guerras cada vez más desesperadas y de intentos de negociación cada vez más difíciles entre ellos y los pueblos germánicos, que, después de defenderse de los ejércitos romanos en los siglos anteriores, habían pasado a la ofensiva hasta acabar por ser dueños de la situación. Los historiadores que se ponen en el punto de vista de Roma llaman a esto “invasión de los bárbaros”, visigodos y ostrogodos, francos y suevos, alanos y vándalos (invasión aterradora: en muchas lenguas de hoy subsiste la palabra vandalismo, y el vandalismo no fue propio sólo de los vándalos). Los que se ponen en el otro punto de vista lo llaman Völkerwanderung, “migración de los pueblos”, expansión de las tribus germánicas por el sur de Europa.[1]
Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 65.

Capilla

En los últimos años del latín, iniciada ya la llamada alta Edad Media, se difundió la leyenda de San Martín de Tours, el que partió en dos su capa (cappa en latín vulgar) y le dio la mitad a un pobre desnudo que resultó ser nada menos que Cristo; comenzaron entonces a levantarse, primero en Francia y luego en el resto de la cristiandad, iglesitas y más iglesitas, cada una de las cuales alardeaba de poseer la cappella o media capa (cappella es el diminutivo de cappa) con que el santo había remediado la desnudez de Cristo: tal es el origen de la palabra capilla. Pero al cabo de poco tiempo dejó de haber asociación entre una capilla y San Martín.[1]




Antonio Alatorre


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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 52.

Manzana

Finalmente, la palabra matiana nos muestra un fenómeno que parece más propio de los imperios mercantiles del siglo XX que del viejo imperio romano. El nombre de la manzana era malum, pero un tratadista de agricultura, Caius Matius, contemporáneo de Cicerón, dio prestigio a cierto tipo de malum que en honor suyo – y quizá por razones de propaganda o mercadotecnia – se llamó matianum: los mala matiana (mala es plural de malum) eran al principio las manzanas “por excelencia”, y acabaron por ser cualesquier manzanas. La pronunciación del latín vulgar, MATSIANA, era ya casi la de maçana, como se decía en español arcaico.[1]




Antonio Alatorre






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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 52.

Servilismo

El latín vulgar es ya una lengua “acentual”. Mantuvo, sin embargo, la distinción entre vocales abiertas y vocales cerradas, particularmente en el caso de o y de la e. La i breve de dóminum desapareció, como se ha visto, mientras que la o, breve también, no sólo se mantuvo por ser la acentuada, sino que “acentuó” su apertura hasta el grado de convertirse en diptongo; en el latín vulgar hispano domnu(m) se pronunciaba probablemente DUOMNU, que ya está cerca de dueño. Este como refuerzo de apertura sólo se dio en las vocales acentuadas. Es claro, por ejemplo, que en domnu(m) Joanne(m) y domna Joana la o de domn- perdía el acento (con lo cual la palabra se convertía en un proclítico), y así el resultado no es dueño Juan y dueña Juana, sino don Juan, doña Juana.[1]


Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 47.

Lengua

Así como los fenómenos lingüísticos actuales no dan luces acerca de los del pasado, así también la actitud de los gramáticos modernos nos ayuda a explicar la de los antiguos. No hay que olvidar, por otra parte, que todos los hablantes llevamos en nuestro corazoncito un Probo en potencia, el cual entra en acción cada vez que se nos escapa, de manera fatal y mecánica, un “No digas yo cabo, se dice yo quepo”, un “No digas cuando vuélvamos, se dice cuando volvamos”. Y ese gramático interior y agazapado es una institución, una academia en germen. El horror al cambio y a las costumbres distintas de las propias siempre ha existido.[1]


Antonio Alatorre


La ciencia lingüística moderna nació en el momento en que los filólogos y dialectólogos del siglo pasado, en vez de profesionalizar un horror tan primario y elemental, profesionalizaron la voluntad de no horrorizarse de nada, o sea la voluntad de entender. El leguaje quedó entonces como purificado. Tan cien por ciento hablante de un idioma es el campesino más inculto como el académico más refinado. Al lado de un texto de fray Luis de León puede ponerse una expresión “vulgar” de Cespedosa de Tormes o de Santiago del Estero. Quienes dicen setiembre y lo bohque son tan perfectos hablantes del español como quienes dicen septiembre y los bosques, y si alguien insiste en sentir como “vulgares” las dos primera formas, su sentimiento no cuenta.[2]


Antonio Alatorre


Los gramáticos como Probo, tuvieron amplia materia para sus censuras. Imaginemos que, en vez de “yo quepo, tú cabes...” y de “yo cupe, tú cupiste...” , muchos hablantes adultos dijeran en nuestros días “yo cabo, tú cabes…”, y “yo cabí, tú cabiste…”, que es como dicen constantemente los niños en todo el mundo hispánico. Los gramáticos pondrían en grito en el cielo. Bien visto, las formas yo cabo y yo cabí son las preferibles: satisfacen ese como apetito de claridad, simplicidad, regularidad y lógica, tan trabado con lo que llamaríamos instinto lingüístico. Los niños tienen razón. Sus padres y maestros, que hasta ahora hemos impedido que yo cabo y yo cabí se generalicen, estamos atentando contra la realidad lingüística en nombre de otra cosa, que llamamos “educación”. Pues bien: lo que nos muestra el latín vulgar es que la masa de los hablantes carecía colosalmente de “educación”; sus masivas “incorrecciones” invadían de tal manera el campo todo del verbo (habría que imaginar mil casos análogos al de yo cabo), que al fin la estructura clásica se vino al suelo.[3]


Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 40.
[2] Ibid. p. 41.
[3] Ibid. p. 53.

Vulgarismos

En un momento en que el latín que hablaba la gente no era ya a todas luces el que enseñaban los gramáticos, uno de éstos, llamado Probo, escribió denodadamente una famosa lista negra de maneras de hablar, que se conoce con el nombre de Appendix Probi (siglo III d.C.). “No digas así, di de esta otra manera, que es la correcta”: tal es la estructura del librito. Pero sus formas “correctas” no tienen el menor interés (son las del archiconocido latín literario). Lo que sí tiene enorme interés, lo que ha hecho la fama del “Apéndice” de Probo es lo otro, lo incorrecto y vulgar y grosero que él está censurando. Se puede decir que Probo no falla nunca: siempre acierta, pero al revés de cómo él pretendía. Gracias a su prurito castigador y desterrador de palabras del vulgo, tenemos unas muestras preciosas de cómo se hablaba en realidad. O sea que en el pleito de Probo y el vulgo reprobado, quien tuvo la razón (no la razón estética, ni la científica; la desnuda razón histórica) fue decididamente el vulgo.[1]



Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 40.

Latín

Podemos tomar como paradigma el caso Virgilio. La obra de este “padre de la cultura occidental” estaba allí, perfecta, inmóvil en su perfección y cada vez más difícil de entender. Los gramáticos se dedicaron entonces a explicarla, y en algún momento sus apuntes de clase comenzaron a ser copiados por los alumnos. El más famosos de estos comentarios explicativos fue el del gramático Servio, que vivió unos cuatro siglos después de la muerte del poeta. A lo largo de la Edad Media, y hasta bien entrado el Renacimiento, el minucioso comentario de Servio fue en las escuelas europeas uno de los libros más indispensables. La lengua literaria se había petrificado (o marmoreizado) mientras la lengua popular seguía su marcha. Y así, en el imperio romano-cristiano, un mundo que hablaba latín, las escuelas acabaron por servir ante todo para enseñar latín, y no a todos los muchachos, sino a una minoría.[1]



Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 39.

Grecia

Desde luego, el latín no significó el menor peligro de desaparición para el griego, hablado no sólo en la Grecia continental y en todo el Egeo, sino también en el Asia Menor y en Egipto. Al contrario: los romanos estuvieron siempre fascinados con la lengua y la cultura de los griegos, y nada ambicionaron más que el ser tenidos como iguales a ellos. (Su ambición quedo satisfecha: en las Vidas paralelas de Plutarco, escritor griego de la gran época imperial de Roma, a cada griego ilustre corresponde un ilustre romano: Julio César es un segundo Alejandro, Cicerón un segundo Demóstenes, etc.) Muy pocos súbditos de habla griega aprendieron a hablar latín; en cambio, el griego se oía constantemente en las calles de Roma, y se hablaba más que el latín en el sur de Italia y en Sicilia. Ningún griego escribió en latín; en cambio, el emperador Marco Aurelio, nacido en Roma, escribió en griego sus muy personales Meditaciones.[1]
Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 33.

Mitología


Grecia

Un detalle mínimo: en el folklore asturiano sobrevive, o sobrevivía hasta hace muy poco la creencia en las xanas, hadas de las fuentes. En esta palabra, xana (que se pronuncia shana) es fácil reconocer a Diana, la diosa capitana de las ninfas silvestres, Notable supervivencia de un poquito de religión romana.
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Antonio Alatorre


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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 32.

Toponimia

También estos primeros tiempos del cristianismo tienen su reflejo en la toponimia. Abundan en el mapa de España los nombres que perpetúan los de los santos más venerados en esos primeros tiempos, como Santa Eurlalia y San Emeterio, martirizados respectivamente en Mérida y en Calahorra durante la era de las persecuciones. Satolalla conserva el nombre de Sancta Eulalia; Santander y San Medir, el de Sancti Emeterii. Y así otros topónimos: Saelices (Sancti Felicis), Sahagún (S. Facundi), Santiz (S. Tyrsi), Senmanat (S. Miniati), San Cugat (S. Cucufati), Sansol y Sanzoles (S. Zoili), Santibáñez (S. Ioannis).[1]




Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 36.

Evangelización

Para explicar el tránsito del paganismo al cristianismo, los españoles inventaron tardíamente dos cuentos: que el apóstol San Pablo hizo una gira de evangelización por Hispania, y que el cadáver de otro apóstol, Santiago, martirizado en Jerusalén, usó su propio sepulcro de piedra como barco y cruzó el Mediterráneo y parte del Atlántico hasta recalar en Iria Flavia (nombre romano de la actual Padrón, en la provincia de Coruña), como para velar desde allí por la perduración del evangelio. En realidad, la cristianización de la península ibérica se llevó a cabo al mismo tiempo y con las mismas vicisitudes que en el resto del imperio. En los días del edicto de Constantino, prácticamente todas las regiones de Hispania estaban cristianizadas. El salto de una religión a otra estaba ya dado, lo mismo que en tantas otras provincias del imperio.[1]



Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 36.

País Vasco

No se sabe siquiera si los “váscones” llegaron desde África o desde el Cáucaso, a través del continente europeo: algunos, en efecto, han relacionado el vascuence con los idiomas caucásicos, mientras que otros le han encontrado afinidades con lenguas camíticas tan remotas como el sudanés y el copto.[1]

Antonio Alatorre
Es verdad que la toponimia ofrece indicios de que el vasco se habló alguna vez en una zona mayor que la actual: Aranjuez (cerca de Madrid) está emparentado con Aránzazu (provincia de Guipúzcoa, en pleno país vasco); Guadalajara (también cerca de Madrid) es arabización de Arrica, su viejo nombre vasco; Alcubierre (Huesca) y el río Valderaduey (en la meseta castellana) son también topónimos vascuences.[2]

Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 26.
[2] Ibid. p. 26.

Zaragoza

En la geografía antigua se hallan veinte y cinco ciudades con el título de augusta, porque fueron fundadas por el emperador Augusto, ó en honor suyo, ó porque gozaban del privilegio de imperiales. En España hubo algunas de esta última clase, como Cæsar-augusta (Zaragoza).[1]



Fermín Caballero
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[1] Caballero, Fermín. (1834) Nomenclatura geográfica de España. Análisis gramatical y filosófico de los nombres de pueblos y lugares de la península, con aplicación a la topografía y a la historia. Madrid: Imprenta de Don Eusebio Aguado. p. 85.

Zapata

Casi todos los programas y manifiestos de los grupos revolucionarios contienen alusiones a la cuestión agraria. Pero solamente la Revolución del Sur y su jefe, Emiliano Zapata, plantean con claridad, decisión y simplicidad el problema. No es un azar que Zapata, figura que posee la hermosa y plástica poesía de las imágenes populares, haya servido de modelo una y otra vez, a los pintores mexicanos. Con Morelos y Cuauhtémoc es uno de nuestros héroes legendarios. Realismo y mito se alían en esta melancólica, ardiente y esperanzada figura, que murió como había vivido: abrazado a la tierra. Como ella, está hecho de paciencia y fecundidad, de silencio y esperanza, de muerte y resurrección. Su programa contenía pocas ideas, estrictamente las necesarias para hacer saltar las formas económicas y políticas que nos oprimían. Los artículos sexto y séptimo del Plan de Ayala, que prevén la restitución y el reparto de las tierras, implican una transformación de nuestro régimen de propiedad agraria y abren la puerta al México contemporáneo. En suma, el programa de Zapata consistía en la liquidación del feudalismo y en la institución de una legislación que se ajustara a la realidad mexicana.[1]


Octavio Paz



El zapatismo fue una vuelta a la más antigua y permanente de nuestras tradiciones. En un sentido profundo niega la obra de la Reforma, pues constituye un regreso a ese mundo del que, de un solo tajo, quisieron desprenderse los liberales. La Revolución se convierte en una tentativa por reintegrarnos a nuestro pasado. O, como diría Leopoldo Zea, por "asimilar nuestra historia", por hacer de ella algo vivo: un pasado hecho ya presente. Contrasta esta voluntad de integración y regreso a las fuentes, con la actitud de los intelectuales de la época que no solamente se mostraron incapaces de adivinar el sentido del movimiento revolucionario, sino que seguían especulando con ideas que no tenían más función que la de máscaras.[2]

Octavio Paz
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[1] Paz, Octavio. (1950) El laberinto de la soledad, México: Fondo de Cultura Económica, p. 59.
[2] Ibid, p. 60.

Yucatán

En 1936 abandoné los estudios universitarios y la casa familiar. Pasé una temporada difícil, aunque no por mucho tiempo: el gobierno había establecido en las provincias unas escuelas de educación secundaria para hijos de trabajadores. Y en 1937 me ofrecieron un puesto en una de ellas. La escuela estaba en Mérida, en el lejano Yucatán. Acepté inmediatamente: me ahogaba en la ciudad de México. La palabra Yucatán, como un caracol marino, despertaba en mi imaginación resonancias a un tiempo físicas y mitológicas: un mar verde, una planicie calcárea recorrida por corrientes subterráneas como las venas de una mano y el prestigio inmenso de los mayas y de su cultura. Más que lejana, Yucatán era una tierra aislada, un mundo cerrado sobre sí mismo. No había ni ferrocarril ni carretera; para llegar a Mérida sólo se disponía de dos medios: un avión cada semana y la vía marítima, lentísima: un vapor al mes que tardaba quince días en llegar de Veracruz al puerto de Progreso. Los yucatecos de las clases alta y media, sin ser separatistas, eran aislacionistas; cuando miraban hacia el exterior, no miraban a México: veían a La Habana y a Nueva Orleans. Y la mayor diferencia: el elemento nativo dominante era el de los mayas descendientes de la otra civilización del antiguo México. La real diversidad de nuestro país, oculto por el centralismo heredado de aztecas y castellanos, se hacía patente en la tierra de los mayas.[1]


Octavio Paz
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[1] Paz, Octavio. (1994) “Primeros pasos”. En: Vuelta, [México]: núm. 206, p. 10.

Yo

Nadie puede ver por encima de mí. Quiero decir que no se puede ver en el otro más que lo que se es.[1]


Arthur Schopenhauer




El yo es la gran idolatría de los hombres modernos.[2]


Octavio Paz



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[1] Antaki, Ikram. (1999) Celebrar el pensamiento. México: Planeta, p. 53.
[2] Macadam, Alfred. (1991) “Tiempos, lugares, encuentros” [Entrevista con Octavio Paz. Traducción de Guillermo Sheridan]. En: Vuelta, [México]: núm. 181, p. 15.

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