Escribir es una actividad penosa y que exige esfuerzo y desvelos. Hay siempre, aparte de la amenaza de la esterilidad, la sensación del inevitable fracaso: nada de lo que se escribe es lo que uno quisiera haber escrito. Escribir es una maldición. Lo peor es la angustia antes del acto de escribir; esas horas, días o meses en que buscamos sin encontrar la frase que va a abrir la llave para que mane el agua. Una vez escrita la primera frase, todo cambia: el proceso es apasionante, vital y te enriquece, cualquiera que sea el resultado final. ¡Escribir es una bendición!           
 Octavio Paz

Sefardíes

Los judíos españoles, llamados luego sefararadíes o sefardíes (de Sefarad, el nombre hebreo de España), habían escrito en lengua castellana desde que hubo literatura. Los redactores de buena parte de la prosa alfonsí fueron con toda probabilidad judíos. Y desde el sereno y maduro Sem Tob de Carrión hasta el genial Fernando de Rojas, el de la Celestina, la nómina de escritores españoles de ascendencia hebrea era ya muy nutrida en 1492. De hehco, la lengua materna de todos los judíos de España, desde hacía largo tiempo, era el español, aunque nunca dejó de haber entre ellos un uso restringido, sinagogal, de la lengua hebrea, ni tampoco dejó de haber estudiosos profundos del idioma de Isaías y del Talmud.

Antonio Alatorre
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