Pero “el problema morisco” llevaba tan pocos visos de resolverse, que en 1609 Felipe III adoptó la “solución final” de la expulsión en masa, censurada en silencio (pues eran tiempos de callar y obedecer) por muchos ilustres españoles, y llorada por esos hombres, llamados Abd al-Kárim Pérez, Bencácim Bejarano, Francisco Núñez Muley o Juan Pérez Ibrahim Taibilí, que, tan españoles “como el que mejor”, se veían arrancados de su tierra y de su cultura. Fueron más de 300,000 los expulsados entre 1609 y 1614. Antonio Alatorre
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