El problema de las relaciones entre la moral y el arte es un síntoma de modernidad. El hecho de que existan relaciones entre estos valores implica que no coinciden. Los modernos han erigido tablas de valores, han querido clasificarlos; si se clasifican los valores del bien y de lo bello, es porque son distintos. Pensamos que lo bello puede existir sin el bien, y el bien sin lo verdadero. Esos dos valores forman, pues, una dualidad. A partir de ahí, se plantea una cuestión: ¿hay que elegir entre los dos? Esta pregunta lleva a una alternativa, a una escisión entre el arte y la moral. Se puede hablar de un arte sin moral y de una moral sin arte. Esta teoría fue predicada en el siglo XIX por la escuela del «arte por el arte»,que afirmaba que el arte no debe tener ninguna tendencia moralizadora…
…La vida estética y la vida moral parecen, pues, separadas y el hombre moderno se complace en hacer la distinción entre una vida moral y la situación social; entre un éxito social y la ausencia de vida moral. El hombre del deber moral aparece hoy como desgraciado y feo. En La vie et l’habitude [La vida y la costumbre], a el filósofo inglés Samuel Butler opone el hombre nacido bajo el signo de la gracia, que hace el bien de forma natural, sin pensar en ello, al hombre cotidiano, nacido bajo el signo de la fealdad. El hombre moderno está convencido del divorcio entre lo bueno y lo bello; afirma convencido que no son siempre los más bellos sentimientos los que hacen una bella literatura. Solución de reconciliación entre la pureza del corazón y la de las obras: los «grandes» sentimientos que hacen malas obras no son quizá tan bellos como parecen; ¿son tal vez hipócritas? Por el contrario, una hermosa obra, que parece a primera vista escrita al margen de la moral, es quizá conforme a una «ley no escrita», separada de los cánones morales de la burguesía. Es el problema que Sófocles ha tratado en Antígona. Del mismo modo, juzgamos moralmente las cualidades estéticas de un autor: un libro puede ser brillante sin que nos adhiramos a él sin embargo, pues ¿no oculta el brío del autoruna falta de sinceridad, una carencia de honestidad? Mientrasque una obra escrita más torpemente puede emocionarnos por revelar generosidad y probidad. De todo esto resulta que existe un puente entre la vida estética y la vida moral: algunos autores han querido, mediante su arte, unirse de nuevo a la propia vida.
Vladimir Jankélévitch

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