Las glosas se escribían en la lengua del pasaje glosado, o sea en latín. Pero en España hubo, además, otra cosa. De varios lugares de León - de la propia ciudad de León, y de Carrión, Sahagún y Zamora - nos han llegado documentos latinos con glosas en árabe: evidentemente los interesados en leerlos y entenderlos bien eran mozárabes bilingües. Y, sobre todo, de dos lugares cercanos a Burgos, el monasterio de San Millán y el de Santo Domingo de Silos, nos han llegado sendos manuscritos cuyas glosas, caso extraordinario, están en español. Las de Silos se llaman "glosas silenses" y las de San Millán " glosas emilianenses" (Aemilianus -Emiliano, Millán). El manuscrito de San Millán contiene sobre todo unas homilías o sermones de San Agustín, y el de Silos un Penitencial, especie de “recetario” de penitencias para los distintos pecados o los distintos grados de maldad de un pecado. (Es curioso observar que el capítulo más abundante en glosas es el que trata “de las diversas clases de fornicación”. Se ha sugerido que el glosador era un estudiante de latín, no precisamente un monje, bien podemos imaginar que era un novicio joven). Las glosas emilianenses y silenses datan más o menos de hace “1001” años. [1] Antonio Alatorre
Ahora bien, el de San Millán estaba a fines del siglo X en territorio navarro, y el de Silos estaba en territorio recién reconquistado y dependía culturalmente del de San Millán. La lengua de las glosas silienses es la misma que la de las emilianenses: es la lengua navarro-aragonesa en su etapa arcaica, una lengua muy afín a la mozárabe.[2]
Antonio Alatorre
Las glosas silienses y emilianenses “hermosean”, por un lado, la lengua vulgar de la cual pretenden ser expresión; y, por otro lado, de ninguna manera pretenden ser expresión del dialecto de Castilla, el más arrinconado y minoritario a fines del siglo X, el más cerril, el que menos tratos podía tener con la escritura. Los verdaderos castellanos no hablan ese romance “decente” o “presentable” de las glosas, con su clamar, su feito y su conceillo: hablan bastante “peor”. O, si se cambia de punto de vista, el castellano de esa época – no representado, sino apenas implicado en las glosas – era ya mucho “mejor” que esa lengua arcaica y vacilante. La difusión del castellano estaba empezando apenas.[3]
Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 104.
[2] Ibid. p. 107.
[3] Ibid. p. 108.
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