Escribir es una actividad penosa y que exige esfuerzo y desvelos. Hay siempre, aparte de la amenaza de la esterilidad, la sensación del inevitable fracaso: nada de lo que se escribe es lo que uno quisiera haber escrito. Escribir es una maldición. Lo peor es la angustia antes del acto de escribir; esas horas, días o meses en que buscamos sin encontrar la frase que va a abrir la llave para que mane el agua. Una vez escrita la primera frase, todo cambia: el proceso es apasionante, vital y te enriquece, cualquiera que sea el resultado final. ¡Escribir es una bendición!           
 Octavio Paz

El Cid Campeador

En tiempos de Alfonso VI (1072-1109), Rodrígo Díaz de Vivar, experto en el arte de pelear (que eso significa Campeador: campi-doctor “doctor en materia de campos de batalla”), tuvo entre sus tareas la de expulsar navarros de las tierras castellanas. Este mismo Rodrigo Díaz, llamado mio Cid o quizá más bien meu Cid por los mozárabes – sidi en árabe, significa “mi señor” –, les quitó Valencia a los moros en 1094; pero muerto cinco años después, su viuda Jimena tuvo que devolverla a sus antiguos ocupantes. Muchas de estas empresas militares no buscaban la reconquista sino el saqueo.[1]


Antonio Alatorre


El Cid histórico no es un personaje tan intachable como el del Cantar. Tomándole la delantera a su rey y señor Alfonso VI, comenzó a incursionar por su cuenta en la región de Toledo hacia 1081, y en castigo fue desterrado a Castilla. Se puso entonces al servicio del rey moro de Zaragoza, el cual lo aprovechó para su guerra contra el rey moro de Tortosa y contra los señores critianos: el rey de Aragón y el conde de Barcelona. A raíz de la reconquista de Toledo se reconciliaron Alfonso VI y el Cid, pero volvieron a tener conflictos. En 1088 se alió el Cid con el rey moro de Valencia en contra del de Zaragoza, su antiguo “jefe”, y se hizo “protector” de los taifas de la región valenciana a cambio del pago de “parias” (tributos); quedo finalmente dueño de Valencia, en 1094, al derrotar a los almorávides que querían poner nuevo rey. Hizo entonces consagrar obispo de Valencia a un compañero de armas, don Jerome, moje francés; los administradores del gobierno siguieron siendo moros, y el Cid se mantuvo de las “parias” que le pagaban los taifas de la zona. Hay en el Cantar del Cid, puestas en boca del héroe, unas palabras que bien pueden haberse pronunciado en la realidad (las traduzco a español moderno). “Primero fui pobre (minguado), ahora soy rico; soy dueño de propiedades, de tierras, de oro, de feudos; me tienen mucho miedo (grant pavor) lo mismo los moros que los cristianos; allá en Marruecos, tierra de mezquitas [de donde venían los almorávides], temen que los asalte (que abrán de mi salto) una noche de éstas, cosa que no pienso hacer: no necesito salir de Valencia; si Dios me ayuda como hasta hoy, ellos seguirán pagando parias a mí o a quien yo quiera.[1]
Antonio Alatorre
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[1] Alatorre, Antonio. (1979) Los 1,001 años de la Lengua Española. 6ª ed. (1995) México: Colegio de México – Fondo de Cultura Económica. p. 96.
[2] Ibid. p. 96.
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